4 de mayo de 2013

121.- EL GRAN CASTIGO

121.- EL GRAN CASTIGO

 Tenemos que perderle el miedo a Dios, acercarnos a Él, o mejor, permitirle a Él acercarse a nosotros, ya que él Es El bien Verdadero para las almas, y cuanto mas nos apartemos, alejemos de Él hundiéndonos-perdiéndonos en nosotros mismos, mas miedo, angustia, preocupación, mas miedo-vacío y desolación, en definitiva, mas y mas seremos presos de las tinieblas.

 Si bien Dios ama a la humanidad, no es humanista, no le rinde culto al ser humano, ni quiere que hagamos lo mismo, debido a que eso es encerrarse en sí mismo, hundirse, perderse, hacerse presa del miedo, preocuparse por sí hasta quedar cobardemente evadido y encerrado en el sepulcro de la propia y trivial existencia, sumidos en un existencialismo, materialismo, agnosticismo, etc., todos los venenos de estos tiempos que asolan a las almas que no han querido creer en Dios, confiar en su Amor, renunciar a sí mismas, en definitiva, que no quisieron tener Fe.

 Estamos ante una real ausencia de Dios tanto en el mundo, como en los corazones, y eso es un Gran Castigo, El Gran Castigo anunciado y esperado, y como ocurre siempre, como no coincide con las conjeturas, suposiciones, ideas pre-concebidas, no lo vemos, no lo queremos entender, y mucho menos, aceptar, de manea que seguimos absortos y perdidos en nosotros mismos, peleándonos unos contra otros y llevando una vida común aunque digamos tener Fe.

 Llevamos una vida común y sin Fe, porque nos dedicamos a vivir en, por y para el mundo, no viendo que al final, el mundo vive de nosotros al absorbernos, atraparnos y obligarnos a entregarle esa vida que egoísta y miedosamente hemos querido conservar negándosela a Dios.

 Decimos, queremos creer y hacer creer que tenemos Fe, pero, no tenemos Verdadera Fe, podemos saber algo sobre la Fe, sobre Dios, practicar algún culto, realizar algunas oraciones, meditaciones, algunas obras o prácticas de piedad y cariad, pero, la verdad es que carecemos absolutamente de Fe, y es porque no le prestamos atención al Señor, no queremos obedecerlo, no discernimos Su Voluntad, sino que, hundidos, encerrados y abismados en nosotros mismos, nos dedicamos a vivir por y para nuestro orgullo, olvidados de Dios, aunque hablamos de Él todo el tiempo.

 Tenemos Fe Verdaderamente cuando dejamos a Dios libre cuando le decimos, “Que Se Haga Tu Voluntad, Señor”, y vivimos, obramos, nos movemos en consecuencia, colaborando con Él en que eso sea realidad, que tales dichos se traduzcan en hechos y que no se pierdan en discursos inútiles donde quedamos atrapados por el mar de hipocresía siempre creciente.

 No en cualquier cosa, ni en lo que nos es cómodo o nos parece debemos decirle al Señor tales palabras como oración Verdadera brotada del corazón, sino en todo y siempre, pero, muy especialmente en aquello en lo que no confiaríamos de ninguna manera en nadie, y menos en Dios, donde queremos prevalecer, imponernos, ser y hacer por cuenta propia con un miedo visceral, instintivo y obsesivo.

 Ahí es donde El Señor quiere vencernos y en este vencernos, liberarnos o rescatarnos y salvarnos de nosotros mismos.

 No nos va a vencer si nonos rendimos, o peor, nos va a vencer y vamos a quedar atados a un buque que se hunde, a nuestro orgullo que es una piedra de molino al cuello y que se precipita al fondo del mar como la gran babilonia.

 Todos sufrimos la derrota del orgullo en estos tiempos, y tenemos ahí, la oportunidad de elegir entre quedarnos atados a lo que se pierde-hunde, o apoyarnos en esa ruina personal, convertirnos, volver a Dios, valiéndonos de ese escándalo-tropiezo como de piedra angular para comenzar una nueva vida.

 Quien no se convierte, queda atado a sí mismo, miedosamente pegado a su orgullo, fundido con éste, y acaba siendo su propio y personal castigo, e víctima de sí, de su orgullo-amor propio, del miedo obsesivo-posesivo que lleva adentro, que es el vacío, la falta de Dios-Vida-Verdad, y por sobre todo, de amor y de voluntad de amar.

 El Gran Castigo anunciado, es quedar encerrado en sí mismo, en la propia vida, dedicado miedosamente a sí mismo, viviendo egoístamente para sí, para el orgullo, generando amor propio y tratando de hacerse ver, reconocer, amar, aceptar, viviendo en definitiva, una vida de muerte, en, por y para el orgullo.

 El tropiezo personal, la calamidad, dificultad, desastre, no es el castigo, nosotros lo convertimos en tal, es un acto de Misericordia Divina donde El Señor nos permite conocernos y conocerlo, ver realmente lo que somos, pues vamos por el mundo muy engañados de nosotros mismos, alienados, evadidos y encerrados en un delirio, en una fantasía, queriendo creer que somos dioses, omnipotentes, autosuficientes, capaces de cuanto se nos ocurra, antoje.

 Al tropezar con nosotros mismos, con nuestros mismos límites, podemos aceptarlos, reconocerlos y ver que tenemos real necesidad de cambiar de vida, de admitir Que Existe Un Dios, y Que Es Él, El Que Vive y El Que Reina por y para siempre, del que estamos ajenos, pues estamos encerrados, ocultos, hundidos e nosotros, mirando siempre el ombligo, pensando obsesiva, angustiante y desesperadamente en nosotros mismos, en nuestro orgullo, en hacernos ver, amar, adorar, aceptar, obedecer, tomar en cuenta, en tratar de que no se olviden de nosotros y que no nos desprecien.

 Acaba por convertirse en un Gran Castigo el tropiezo con el propio límite, porque renegamos de Dios, nos obsesionamos, tratamos de reasumir el control de nuestra vida, queremos seguir por el mismo camino no viendo que nos internamos en nosotros, en un abismo y que nos estamos degradando, volviendo nada, convirtiendo en tinieblas, en vanidad, orgullo, mentira, alineación, etc., pues nos alejamos de Dios, nos olvidamos de Él y no queremos hacer otra cosa mas que pensar obsesivamente en nosotros, en el ídolo de nuestro orgullo y amor propio.

 Dios no Se Revela para castigarnos, Es Nuestro Padre y nos ama, nosotros convertimos su Revelación en un castigo, pues la usamos para rechazarlo, para esforzarnos en repudiarlo y acallarlo, para seguir insistiendo en nosotros, con nuestro orgullo, es como si Él soplara y nos diese impulso para levantarnos, salir de nosotros, mientras que tomamos ese impulso para hundirnos mas pues le volvemos la espalda.

 Así es que el Gran Castigo es la ausencia de Dios que queremos tener-padecer, porque queremos seguir siendo rebeldes a Su Voluntad, queremos seguir preocupándonos por nosotros y dedicándonos a hacernos ver-reconocer-aceptar-amar-adorar en el mundo, quedando atrapados en su pegajoso espíritu opresivo y represivo.

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