26 de mayo de 2013

279.- MISTERIOS DEL COMBATE ESPIRITUAL



279.- MISTERIOS DEL COMBATE ESPIRITUAL

  Asentado en la cúspide de inmundicia, orgullo y vanidad, el adversario dice, ‘no seas avaro, ambicionás mucho mas de lo que te corresponde’, queriendo que nos sintamos-creamos culpables si deseamos buscar a Dios, y es ahí donde nos empieza a acusar para que tengamos miedo, desconfiemos del Amor de Dios.

 Verdaderamente es un cerdo disfrazado de rey, como los de la antigüedad, echado en sus aposentos, mas bien desparramado como cachalote deforme de tan lleno de orgullo y amor propio que esta, da asco y produce repulsión como los mismos cerdos, y encima, es orgulloso y mas que soberbio, lo que lo vuelve mas asquerosamente repugnante, repulsivo y abominable.

 Nos acusa de todo lo miso que él es y quiere retenernos en tinieblas, volvernos inconscientes, adormecernos, mantenernos como esclavos y encima convencidos de que obramos bien si nos dejamos someter humillar y si nos dedicamos a satisfacerlo, conformarlo, darle el gusto.

 Nos tilda de revolucionarios, subversivos, peligrosos, etc., si queremos confiar en Dios, creer en Su Amor, debido a que Dios parece proscrito en el mundo, y también en el alma, porque estamos llenos de orgullo, amor propio y presunción, preocupados solo por nosotros, por lo que hacemos para agradar y conformar a ese cerdo orgulloso, por esas obligaciones y exigencias que tiene para imponer que nos dediquemos a satisfacer su ego.

 Siempre nos va a acusar de lo que en realidad es él en sí, debido a que se considera dios y mas que Dios, entonces, si queremos buscar Nuestro Verdadero Bien, nos dice que somos egoístas, pero el egoísta es él que no ha amado, ni ha querido, que solo se preocupa por él mismo y por satisfacerse, y siempre, robando, saqueando, devorando, consumiendo almas.

 Si nos toca rivalizar mucho con el adversario, puede tratarse de dos cosas, o bien nos hallaos ante un combate final donde debemos perseverar hasta el fin, o bien estamos llenos de orgullo chocando inútilmente contra éste porque somos rebeldes a Dios en algo y estamos valiéndonos por cuenta propia, que es lo que nos deja a merced del enemigo porque nos deja al descubierto, separados de Dios.

 Sea lo que sea, siempre la solución es la misma, renunciar a sí, buscar la comunión con Dios, perseverar en la oración hasta ser liberados.

 A veces el combate se prolonga por mucho tiempo, y a veces, debemos considerar un misterio, para ganar nos toca perder, es decir, podemos consumirnos peleando contra el adversario que, por orgullo no se va a ir, no va a retroceder, no va admitir su derrota, entonces, a veces inspira El Señor que algún combate lo perdamos.

 Lo general es persevera hasta el fin, incluso durante horas de oración soportando al cerdo infernal burlarse de las oraciones, insultarnos, amenazarnos, realizando imágenes para confundirnos insinuando cosas, etc., pero, hay veces en las que luego de largos y durísimos combates El Señor nos inspira perder, abandonarlos.

 Esas raras excepciones, donde ya se ha dejado probada la perseverancia y donde, a pesar del cansancio y agotamiento, tenemos voluntad de seguir, son para que no nos enorgullezcamos, para que admitamos la derrota y suframos una humillación, porque a veces perder es ganar, el cerdo infernal se desespera por ganar siempre y así solo alimenta su orgullo y deformidad.

 En tales casos si no perdiésemos, nos convertiríamos en cerdos peores que el adversario.

 Solo considerar que El Señor, habiendo podido ganar en el mundo, se fue Crucificado, condenado, como verdadero derrotado, abandonado, traicionado, odiado, vendido, negado, etc., de manera que si nuestro orgullo consiste en ganar al adversario, nos conviene perder para no tener orgullo, y perdiendo ganamos porque soso liberados del orgullo-amor propio, de esa preocupación por sí inútil y angustiante que es la muerte, y así es como acabamos por entrar en el Reino.

 Considerar también acá que hay almas que adoran su orgullo y no quieren verse libres de éste, por lo tanto no merecen ser liberadas, sino padecer lo que están eligiendo al renegar de Dios y volverse caprichosas, ciegas, obtusas, rebeldes, porque son como el adversario, no están dispuestas a ceder, renunciar, quieren estar convencidas de sus delirios, y de que el error es siempre ajeno.

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