10 de septiembre de 2013

1002.- NUESTRO SUMO SACERDOTE ETERNO



1002.- NUESTRO SUMO SACERDOTE ETERNO

 Si hemos aceptado a Dios, Vive en nosotros, si hemos buscado y aceptado Su Voluntad Revelada y nos hemos entregado a Él por y en Ella, tenemos a Dios y Él Vive en nosotros, además de que Esta Vivo y Presente en el mundo por medio nuestro.

 Al hallarse Vivo en el corazón, continúa haciendo las obras que hizo cuando se hallaba de Paso la Primera Vez por el mundo, o sea, absorbiendo la muerte de las almas, purificándolas, liberándolas de esta manera y entregándoles a cambio la Vida Eterna.

 Eso que Él hizo y continúa haciendo, lo sentimos y padecemos en nosotros dado que estamos unidos a Él, debido a que estamos en comunión con Él, entonces es así como realmente realizamos una misión espiritual verdadera, dado que participamos en las mismas obras que hizo El Señor, que hace y que continúa haciendo.

 Se trata de obras espirituales, de caridad espiritual, le damos la vida a Él para que la use como quiera, para que disponga de nosotros y para que por medio nuestro en el mundo haga lo que quiera. También colaboramos con Él porque le permitimos estar en nosotros, tener su asiento, descanso, apoyo, la Fuente misma desde la cual darse, brindarse, llegar a otros.

 Cuando desde nosotros se dirige a otros, sentimos su vacío-ausencia, padecemos una desolación, sufrimos una muerte mística real, dado que Dios nos abandona por un tiempo, pero este abandono no se debe a rebeldía o pecado nuestro, sino que es un don de amor de Dios para otras almas a las que se entrega gratuita, silenciosa y generosamente.

 A esas almas a las que se da desde nosotros, las rescata de las garras de la muerte y somos nosotros los que padecemos la muerte porque El Señor se ausenta todo lo que sea necesario para rescatar a esas almas. Esas almas no saben lo que sucede, no comprenden de donde les llega la Fuerza, Vida, Vitalidad, Espíritu, solo sienten alivio y consuelo en su infierno y tienen la oportunidad de verse libres de los enemigos que las atormentaban.

 Es en esto que consiste el Gran Milagro, porque El Señor defiende a las almas y les da la oportunidad de que se enmienden, corrijan, de que renuncien a sus malos caminos, que abandonen su rebeldía contra Él y elijan El verdadero Camino, que aprendan a discernir Su Voluntad y a convertirse.

 Es algo inmerecido absolutamente para las almas que se hallan de paso por el mundo, un milagro de amor de Dios, la última manifestación o Revelación de la misericordia, un tiempo en el que pueden renunciar a su orgullo, amor propio, vicios, rebeldía, desamor y corregirse por amor a Dios.

 Ese tiempo es dado por Dios, es gratuito, las almas pueden emplearlo por y para su Verdadero y Eterno Bien, pero, desgraciadamente son pocas las que hacen tal cosa, dado que lo utilizan en perderse, pervertirse, disiparse, corromperse y empeñarse en entregarse a las tinieblas con mayor decisión, confirmando así que quieren su perdición.

 El Gran Milagro anunciado se forma con el don de amor que hacen las almas que aceptaron a Dios en su momento, es decir, aquellas que lo eligieron y respondieron a su Llamado, las que renunciaron a su voluntad haciendo de su vida una ofrenda a Dios para Que Se Haga-Reine-Triunfe Su Voluntad.

 Ese amor dado y ofrendado a Dios, es tomado por El Señor que lo bendice y ofrece al Padre para que pueda bendecirlo y devolverlo multiplicado, porque así El Señor, Sumo Sacerdote Eterno, lo reparte sobre la humanidad y en el mundo Fortaleciendo a las almas, liberándolas, purificándolas, corrigiéndolas, etc.

 Si falta el don de verdadero amor a Dios, si las almas no renuncian a sí mismas para aceptar-recibir al Señor, no puede sino, Nuestro Sumo Sacerdote Eterno, El Señor, Jesús, El Mesías, El Hijo de Dios y de María Virgen, multiplicar nada, dado que es nada lo que se le ha dado y ofrendado.

 Cuanto mas renunciemos a nosotros mismos, a la propia voluntad, mas amor damos al Señor y mas Él puede bendecir y ofrecer al Padre para que también bendiga y devuelva luego al Hijo, para que éste reparta o sople su Espíritu sobre el resto de las almas del mundo, sobre aquellas que aun pueden convertirse y volver a Dios.

 De nosotros depende el bien que vamos a recibir de parte de Dios, somos nosotros mismos los que debemos darle bien y algo bueno para que pueda devolvérnoslo multiplicado al ciento por uno.

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