7 de septiembre de 2013

10.5. LA JUSTICIA DIVINA



10.5. LA JUSTICIA DIVINA

 El Paso del Señor, Su Revelación, fue la Revelación de la Misericordia Divina, ahí Dios mismo obró con total Misericordia perdonando, sanando, limpiando, purificando, liberando, etc., todo el Amor Misericordioso de Dios se desplegó por medio suyo.

 Esto ocurrió tanto en su Primer Paso, como en el Segundo operado en las Revelaciones conocidas comúnmente como ‘apariciones’ en derredor del mundo.

 Siempre la Misericordia precede a la Justicia, pues El Paso de la justicia Divina es inexorable, implacable, es rigurosísima, y tanto mas rigurosa se la ve, percibe y aprecia en estos tiempos donde la injusticia en el mundo y en las almas reina, impera, domina y obra a sus anchas.

 Estamos acostumbraos a que, lo que se llama ‘justicia’, sea verdadero abismo de injusticia hipócritamente disimulado, no comprendiendo por ello la Justicia Divina y temiéndola.

 La Justicia de Dios Es la Efusión del Espíritu Santo, Es El Don del Espíritu Santo Que Dios Envía.

 Lego del Primer Paso del Señor por el mundo, es decir, luego de la Revelación de la Misericordia, enseguida y al poco tiempo ocurrió la Revelación de la Justicia Divina, llegó El Espíritu Santo, específicamente cincuenta días después de la Resurrección, fiesta que conocemos como ‘Pentecostés’.

 Las primicias de la obra del Señor son cosechadas por Dios, son recibidas y aceptadas por El Padre, El Señor recibió esas almas, las limpió, purificó y consagró como Sumo Sacerdote Eterno que Es, ofreciéndolas al Padre. El Padre las aceptó y Bendijo con Su Espíritu.

 Al recibir al Señor en Su Revelación, es decir, en su Vida Pública, esas almas recibieron Su Espíritu, y al ser consagradas por El señor mismo al Padre, y al ser recibidas por Él, recibieron Su Espíritu, de manera que, El Espíritu Que Es Común entre El Padre y El Hijo, fue recibido por las almas que recibieron a Dios.

 Las almas que no aceptaron al Señor como a Su Salvador, que no creyeron en Él, que renegaron de Su Voluntad, no pudieron ser recibidas por Él, de manera que tampoco pudieron ser consagradas por Él, quedando hundidas, encerradas, abismadas y perdidas en sí, enterradas en el mundo.

 Esas almas, por mas que hablaran de Dios, por mas que demuestren externamente amar a Dios y al prójimo, están totalmente separadas de Él, privadas realmente de Dios y no lo ven, de manera que son hipócritas, sepulcros blanqueados que solo cuidan las apariencias y se desesperan por construir su imagen y defenderla.

 Las almas que no quisieron admitir que necesitaban a Dios, que renegaron de su Voluntad defendiendo su orgullo y anegándose en amor propio, quedaron encerradas en sí, perdidas en su abismo desolado y corrupto, no pudieron ser consagradas por El Señor al Padre, d manera que no recibieron El Espíritu de Dios.

 Las almas sin Espíritu, por mas que digan y finjan amar a Dios, seguir al Señor y servirlo, no lo hacen en realidad, porque les faltó lo esencial, no amaron a Dios, no admitieron necesitarlo y estar faltas de Él, de manera que solo tienen el espíritu maldito e inmundo del adversario, orgullo, amor propio y se han constituido en abismos de perdición porque son abismos reales de idolatría que buscan desesperadamente satisfacción, son ególatras.

 Esto ha sucedido tanto en El Primer Paso del Señor, como en éste, Su Segundo Paso, ahora, en este momento, estamos en la Efusión del Espíritu, en el momento de la Justicia Divina, donde aquel que recibió al Señor previamente convirtiéndose, renunciando a sí, puede recibir Su Espíritu, mientras que, aquel que renegó de Dios defendiendo su orgullo, queda sin su Espíritu esforzándose por cuidar y defender su imagen, la hipocresía que oculta y disimula el abismo de su existencia desamorada y orgullosa.

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