19 de octubre de 2013

1287.- AHOGADOS EN UN VASO DE AGUA



1287.- AHOGADOS EN UN VASO DE AGUA

 El miedo surge en nosotros, son las tinieblas propias del vacío, de la ausencia de Dios que provocamos cuando no lo aceptamos, cuando renegamos de Su Voluntad. Ese miedo nos domina, somete, es como una prostituta histérica que se vuelve insoportable tratando de obligarnos a que le demos-procuremos satisfacción o conformidad.

 Si nosotros no le ponemos límites, si no le decimos ‘¡Basta!’, continúa creciendo, va dominándonos y acaba por controlarnos obligándonos a que le prestemos atención, hagamos caso y nos hallemos totalmente a su disposición.

 Le ponemos límites al miedo, a esa inútil y obsesiva, angustiante, desesperante e histérica preocupación por sí totalmente inútil, cuando renunciamos a nosotros mismos, cuando comenzamos a buscar la Voluntad de Dios y a colaborar en lo que sea necesario para Que Se Haga-Reine-Triunfe en nuestra vida.

 Cualquier otra cosa que hagamos es en esencia transar con satanás, hundirnos en el sincretismo que nos deja sometidos al adversario y perdidos en el manto oscuro de la muerte eterna.

 Considerar que el adversario esta desesperado por meterse en neutra vida, por ello es que ronda, busca cualquier cosa para infundir miedo, provocar preocupación, dado que él en esencia es eso, entonces, si obtiene que andemos preocupados, temeroso y con miedo, entra en nuestra vida, se mete en el alma y nos succiona vitalidad mientras nos miente y hace creer cualquier cosa.

 Critica, cuestiona, desprecia y humilla, también siembra preocupación por algún aspecto dificultoso o poco claro y sin resolver en nuestra vida, dado que ahí logra lo que quiere, miedo, preocupación, que pensemos en nosotros y nos olvidemos de Dios.

 El problema es que nos dejamos enredar, atrapar, confundir, no lo echamos como debiéramos, como se lo merece, como corresponde a todo verdadero hijo de Dios que desea vivir en paz sobre la faz de la tierra. Todos tenemos la responsabilidad de echa al adversario, de decirle simplemente, “¡Aléjate de aquí!, satanás, en El Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén”.

 También podemos recurrir a una oración mucho mas potente y efectiva, “Que Se Haga Tu Voluntad, Señor”, dirigiéndonos a Dios, inclinándonos ante Él, rindiéndonos de corazón, acompañando tales palabras con el geto de postrarse o de inclinar la frente hasta el suelo aunque sea. Acá satanás huye como la maldita rata inútil y temerosa que es, si fuese una persona podríamos decir que se orina encima mientras esconde el rabo entre las patas en su huida.

 La verdad pura y simple es que el miedo surge de la desconfianza, de la falta de Fe en Dios. Comprender acá que, cuando en el mundo se insiste con la fe en sí mismo, solo se esta sembrando mas veneno, las almas están consumiendo mas droga, se están envenenado con el espíritu de satanás que es soberbia y mentira.

 Ahí es donde quieren las almas cobardes e incapaces de confiar en Dios creer que todo lo pueden por sí mismas. Ahí es donde se mienten a sí mismas se esfuerzan por mentirse, por convencerse a fuerza de mucho repetirse que son diosas y que merecen adoración, volviéndose por ello soberbias cobardes y delirantes de soberbia.

 Cuando no confiamos en Dios y generamos una voluntad propia, generamos rebeldía, nos apartamos o separamos de Él Que Es La Vida, nos provocamos la muerte conociendo las tinieblas. Ahí comenzamos a sentir el miedo, el efecto de la ausencia de Dios, y luego, dominados por éste, no hacemos mas que enterrarnos sin cesar en el olvido de Dios, en la negación de Él, en la rebeldía contra Su Voluntad, provocando o generando mas miedo, cayendo en un círculo vicioso del que no saldremos si no buscamos y no aceptamos al Salvador.

 Si no buscamos al Señor, si no colaboramos en Su Revelación, vamos a continuar yendo en picada, vamos a autodestruirnos y quedar prisioneros eternos del miedo, de la inútil preocupación por sí que generamos nosotros mismos ahogándonos en un vaso de agua, algo que vemos desproporcionadamente exagerado y atemorizante solo porque tenemos miedo y no dejamos de acrecentarlo, es decir, no dejamos de apartarnos de Dios.

 El miedo es el premio de los caprichos, es decir, quienes desean continuar siendo rebeldes contra Dios, van a padecer miedo ahora y para siempre.

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