31 de octubre de 2013

1370.- CIEGOS QUE DICEN VER, CIEGOS QUE IGUALMENTE SE VAN A PERDER



1370.- CIEGOS QUE DICEN VER, CIEGOS QUE IGUALMENTE SE VAN A PERDER

 Podemos realizar con humano esfuerzo una vida común, aparentemente buena, pero que no deja de ser un infierno en realidad, debido a que nos falta lo esencial, el amor a Dios.

 Faltando el amor a Dios, nos falta Dios, porque Dios solo puede entrar en nuestra vida si lo amamos, si lo aceptamos, y demostramos que lo amamos y queremos cuando lo buscamos, cuando discernimos Su Voluntad, y cuando nos sacrificamos renunciando a la propia para colaborar en Que Se Haga-Reine-Triunfe Su Voluntad en nuestra vida.

 Estamos orgullosamente satisfechos de pasar por el mundo sin Dios, somos unos engrupidos que no hacen otra cosa mas que mirarse la punta d el nariz, ahí se acaba el mundo y termina la existencia, estamos permanentemente pendientes de nosotros mismos y no nos importa mas nada de nada.

 Estamos satisfechos de lo que somos y hacemos, pero no deja de ser algo humano y sin Dios, carente de sentido, valor e importancia, incluso cuando en el mundo se lo repute por bueno, conveniente, necesario y hasta adorable, recordar que el juicio de Dios es diferente al del mundo de hipocresías, embustes y mentiras.

 En el mundo se celebra lo que es dedicación-consagración a sí mismo, aquello que se hace egoístamente, por y para sí, incluso fingiendo que es por el bien de otros, porque todo es realizado con miedo, dominados por la preocupación, y para librarse de eso.

 Como domina-impera el miedo, la inútil preocupación por sí, terminamos inútilmente dedicados a nosotros mismos, empeñados en hacernos amar, ver, reconocer, aceptar, etc., suponiendo que, al obtenerlo, alcanzamos algún tipo de salvación, consuelo o alivio.

 Como no queremos buscar a Dios ni conocer la verdad, como no deseamos corregirnos, continuamos presumiendo que vamos por buen camino, que somos grandes, importantes, perfectos y mejores que otros, cuando en realidad apestamos de orgullo y rebalsamos de amor propio, lo que nos termina por convertir en vivas imágenes de satanás, el primer rebelde y sin Dios, el primer perdido ególatra narcisista que se rindió culto a su imagen, a su imaginativa visión de sí.

 Nuestras ambiciones son terrenas, los objetivos son mundanos, carecemos de verdadero rumbo, andamos perdidos en tinieblas guiándonos por instinto, dominados por el miedo y sometidos por los vicios que fermentan en la oscuridad del olvido de Dios.

 Lo peor de todo es que no queremos ver la inmundicia en la que nos sumergimos, ni aquella en la que nos convertimos, y viendo algunos excesos de esa podredumbre, los justificamos, defendemos o negamos y ocultamos, convirtiéndonos entonces en hipócritas.

 La abominable desolación se ha instalado en el corazón, padecemos de una real ausencia de Dios, y tal cosa ocurre incluso entre quienes dicen confiar en Él y creer en su Amor, o que incluso aparentan hipócritamente dedicarse a servirlo directamente o indirectamente al adorar al prójimo devenido en dios en estos tiempos de tinieblas donde todo esta de cabeza.

 Cultivar el orgullo, generar amor propio, dedicarse a rendirse culto a sí, a la imagen-personalidad, es egolatría que priva a las almas de Dios, que las separa o escinde de Él, dejándolas sumergidas y perdidas en sus propias tinieblas, condenándolas a autoconsumirse, es decir, a autodestruirse y a exponerse a todos los enemigos espirituales.

 Si estamos plenamente convencidos de ser mejores, superiores, importantes, etc., estamos llenos del espíritu de satanás, con el agravante de que o vamos a admitir la necesidad que tenemos de Dios, de manea que, continuaremos degradándonos, corrompiéndonos y deformándonos y negando la realidad, volviéndonos ciegos, y encima, pretendiendo guiar a otros.

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