30 de enero de 2014

2092.- QUIERO QUE TE OCUPES DE MÍ



2092.- QUIERO QUE TE OCUPES DE MÍ

 ‘Quiero que te ocupes de mí, ¿Por qué no te ocupás de mí?’, dice con angustia  desesperación el adversario queriéndonos imponer que lo miremos, le prestemos atención y hagamos caso.

 Puede querer el adversario, satanás, lo que se le ocurra, somos nosotros los encargados de que no lo consiga, de que no obtenga satisfacción a sus ambiciones.

 Esto lo hacemos cuando renunciamos a nosotros mismos, cuando no nos dejamos envolver, confundir, engañar, cuando hacemos lo posible para evitar sus manipulaciones maliciosas.

 Solo hay una manera de no caer en las trampas, engaños y manipulaciones de satanás: Obedecer a Dios.

 Obedecer a Dios es cultivar la humildad, es renunciar a sí mismo, a la propia voluntad para buscar y aceptar la Voluntad Divina. Es en esta verdadera humildad donde vencemos a satanás.

 Debemos tener cuidado de no engañarnos a nosotros mismos, porque es común en estos tiempos de desamor, orgullo, egoísmo, ambición, perversión, etc., mentirse y esforzarse por creerse esa mentira.

 La mentira que nos decimos y nos esforzamos por ver-creer, es aquella en la que decimos tener a Dios, seguirlo, servirlo, etc., cuando no buscamos Su Voluntad y solo continuamos dedicados a nosotros mismos, empeñados en hacernos mar, aorar, atender, aceptar, etc.

 Con miedo defendemos el engaño, nos volvemos duros, tercos y a cada instante mas orgullosos, no viendo que dios quiere liberarnos para limpiarnos, purificarnos y hacer que lo lleguemos a amar verdaderamente.

 No lo hace porque quiera ser adorado como un ególatra, lo hace porque nos ama y porque desea darnos lo que decimos querer.

 Mientras no renunciemos efectivamente a nosotros, vamos a terminar reclamando a Dios lo mismo que el adversario a nosotros, que se ocupe, siendo que Él quiere hacerlo, pero nosotros se lo impedimos porque no colaboramos.

 Mientras continuemos reclamándole que se ocupe de nosotros o nos atienda, vamos a seguir enterrados con miedo en nosotros mismos y perdidos por ello en tinieblas, perdiendo el tiempo, no viendo que acusamos a Dios de no ocuparse de nosotros cuando en realidad somos nosotros los que no nos ocupamos de Él.

 Al no ocuparnos de Dios no lo recibimos, no lo tenemos y no lo vemos, entonces, forjamos un círculo vicioso acusándolo miedosamente de no ocuparse de nosotros, pero somos nosotros los que se lo impedimos.

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