28 de mayo de 2014

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (XV)



LA CAÍDA DE LA IGLESIA (XV)

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (I):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA, (II):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA, (III):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (IV):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (V):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (VI):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (VII):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (VIII):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (IX):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (X):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (XI):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (XII):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (XIII):

LA CAÍDA DE LA IGLESIA (XIV):

Capítulo I: ESA ALMA ES UNA MALDICIÓN (40): SE CONVIERTE EN DESAMORADA PARA SIEMPRE

 Queremos ser fuertes por ello es que hacemos lo que suponemos que es conveniente con ese deseo no comprendiendo la realidad y no advirtiendo que es así como nos volvemos débiles sucumbiendo ante el miedo propio y convirtiéndonos en histéricos caprichosos.

 Creemos que ser fueres es imponer la propia voluntad, pero no sabemos ni lo que queremos, somos unos delirantes de orgullo tratando de defender el abismo de egolatría en el que nos ahogamos porque, en esencia, no hemos llegado a ser otra cosa.

 No somos fuertes, somos tercos, testarudos, unos cobardes caprichosos obsesionados con defender su orgullo, una verdadera abominación desoladora. Como tontos vagamos sobre la faz de la tierra haciendo esfuerzos por perdernos.

 La fortaleza es renunciar a nosotros mismos, a la propia voluntad, a los caprichos y ambiciones, a la rebeldía contra Dios. Las almas caprichosas rebeldes, orgullosas, desamoradas, dedicadas a sí mismas, no son fuertes, eso creen y hacen creer pero la verdad es muy diferente.

 El alma que es realmente fuerte es aquella que se rinde ante Dios, el alma débil es una histérica caprichosa sufriente que lo único que hace es quejarse y lamentarse, renegando de Dios, volviéndose un demonio sobre la faz de la tierra.

 Como estamos apegados al mundo, no sabemos comprender la diferencia, nos plegamos a lo que en éste se tiene por fortaleza para convertirnos en otros histéricos caprichosos desamorados llenos de orgullo que no hacen mas que pensar egoísta y miserablemente en sí mismos.

 Por esa miseria espiritual, por esa mezquindad para con Dios, merecemos lo que padecemos, merecemos padecer angustia, desolación, miedo, desesperación, histeria, etc.

 No cuesta nada levantar la cabeza, salir del infierno, dirigirnos a Dios, dejar de pensar egoísta y miserablemente en nosotros mismos, sin embargo, para orgullosos desamorados obsesionados con su ego y desesperaos por satisfacerse, conformarse y ganar siempre, tal cosa es un sacrificio enorme.

 Ahí es donde las almas no hacen sacrificio alguno y continúan esforzándose por pederse, por internarse en tinieblas y convertirse en desamoradas para siempre, o sea, en perdidas, demonios, condenadas.

ESA ALMA ES UNA MALDICIÓN (58):



DIRECCIÓN DE TODAS LAS ENTRADAS CON EL TÍTULO: “ESA ALMA ES UNA MALDICIÓN”:

Un abismo caminante:

Almas que apestan a demonios:

Una lamentable narcisista:

Una inútil violenta:

ENCERRADA EN UN SUBMUNDO:

MUCHO MAS ABAJO QUE CUALQUIER OTRA CRIATURA:

Almas de estos tiempos:

Capítulo II: COMO CUANDO PERSEGUÍAN LOS judíos AL SEÑOR

 Tenemos miedo, somos unos desamorados cobardes que solo se preocupan por sí mismos, histéricos orgullos empeñados en defender el abismo de su egolatría narcisista infernal.

 Nos separamos de Dios, nos apartamos de Él, ahí es donde nos llegan las tinieblas, nos doblega la debilidad y el miedo nos enloquece, solo sabemos padecer, pasamos sobre la faz de la tierra como desgraciados, y por ello, convirtiéndonos en desgraciados para siempre.

 La debilidad llega al alma al no tener a Dios Que Es La Fortaleza, y en esa debilidad el miedo ahoga las preocupaciones sofocan, las dudas enloquecen. Considerar que nosotros provocamos ese estado y somos los que favorecemos que los enemigos espirituales se nos echen encima para perdernos.

 Tenemos que convertirnos, volver a Dios, salir del abismo de egoísmo, egolatría, narcisismo enfermizo que nos debilita condenándonos a quedar para siempre atrapados en el olvido y la negación de Dios por estar obsesionados con el ‘yo’.

 Seguimos al Señor de palabras y en apariencias, no en realidad, por ello es que estamos separados de Él internándonos en tinieblas, enterrándonos en el abismo, sometiéndonos a los enemigos espirituales que aprovechan al vernos sin Dios para destrozarnos.

 Debemos deponer el orgullo, dejar de obrar por cuenta propia, tenemos que dejar de una vez por todas de querer ganar a Dios, de tratar de vencerlo, porque eso es lo que nos esta provocando la ruina, considerar que estamos en guerra contra Dios y ni lo sabemos.

 Estamos en guerra contra Dios porque somos rebeldes, orgullosos, miedosos, cobardes, desamorados que se desesperan por se adorados mientras solo temen y se interesan por sí.

 Al ser así puede el adversario golpearnos, azotarnos, castigarnos, aprovecha para hacer lo que quiere, y encima, nos insinúa que lo que padecemos es por culpa directa o indirecta de Dios para imponernos que lo odiemos, despreciemos, rechacemos, cuestionemos, etc.

 Si no hacemos un esfuerzo real por volver decididamente a Dios, a va poder el adversario, satanás, engañarnos y oponernos a Él definitivamente arrastrándonos a la perdición, incluso hasta creyendo orgullosamente que obramos por Dios como cuando perseguían los judíos al Señor.

Capítulo III: PREOCUPÁNDOSE POR NADA

 Como tenemos amor propio no podemos seguir verdaderamente al Señor, no lo dejamos obrar, ni le permitimos hacerlo bien si algo de lugar le hacemos en principio.

 Por orgullo terminamos entorpeciendo sus obras y cerrando las puertas para quedar definitivamente sin Él. El amor propio se impone, interpone, opone, dejándonos en contra Dios.

 Como orgullosos, egoístas, miserables y miedosos que somos, nos elegimos, no aceptamos al Señor, no aceptamos Su Revelación, privándonos voluntariamente de Dios.

 Ahí es donde nos convertimos en hipócritas porque fingimos tenerlo, seguirlo, servirlo y hasta obedecerlo.

 Nos oponemos a que obre verdaderamente en nuestra vida porque no admitimos que nos ponga en riesgo, nos dejamos dominar por el miedo, controlar, entonces, nos vemos completamente sometidos.

 No puede liberarnos El Señor porque no colaboramos con Él, porque no lo dejamos libre ni lo seguimos, permanentemente estamos tratando de prevalecer, imponernos, vencer, someter y servirnos de Él como de cualquier otro.

 Es tiempo de Justicia, se acabó la misericordia, el momento para convertirse ya pasó, ahora cada cual recibe lo que merece, de manera que solo aquellos que han renunciado a la voluntad propia para aceptar la Voluntad Divina, tendrán a Dios, mientras que los que defendieron y defienden su orgullo, es eso lo que tendrán, orgullo-vacío-desolación.

 Como cobardes y orgullosos, fingimos amor, interés, incluso lástima por otros diciendo que por ello somos benignos, buenos, misericordiosos, pero así es como somos rebeldes a la Voluntad de Dios.

 Es la hora de la desolación, no es tiempo de esa miserable y lisonjera falsa compasión que es la lástima donde las almas fingen interés unas por otras, pero en realidad es miedo y un desesperante y angustiante deseo de ser aceptados, adorados y no despreciados.

 No debemos extrañarnos de ver la Justicia Divina golpeando a quienes han decidido se rebeldes despojándolos de su orgullo y colocándolos en situación de humillación y vergüenza.

 No somos mas buenos fingiendo ser mas humanos o condescendientes como inconversos desamorados orgullosos, a cada cual lo suyo, quienes no quisieron a Dios no merecen tener a Dios, solo conocer la abominable desolación, la ausencia de Dios, yacer postrados en sí preocupándose inútilmente por su ego-orgullo-nada.

Capítulo IV: INJUSTICIAS JUSTAS

 Las almas no quieren despertar, abrir los ojos, comprender, estamos inmersos en la mas abominable desolación jamás conocida, es decir, la horrenda ausencia de Dios en la que los demonios están sueltos liberados, con patente de corso.

 Hemos renegado de Dios, lo echamos, prescindimos de Él, no lo aceptamos, entonces, hemos sembrado la desolación abominable que cae en estos tiempos sobre la humanidad.

 Faltando Dios en los corazones, ¿Qué es lo que son?, demonios, y faltando Dios en el mundo, ¿Qué es lo que es?, el mismo infierno.

 Dios ni creó demonios ni creó el infierno sobre la tierra, que haya almas vacías, sin Dios, demoníacas es elección de éstas y de quienes las empujaron a ese estado, y que el mundo sea un infierno es responsabilidad de quienes han renegado de Dios y se han opuesto a Su Voluntad.

 En estos tiempos de abominable desolación, de horrenda ausencia de Dios, se desata la bestialidad humana, la perversidad mas horrenda y las almas llegan a ser peores que demonios.

 A eso se añade que los mismos demonios estén sobe la faz de la tierra obrando con total impunidad. Es tiempo de injusticia, y no porque lo queramos, sino porque lo provocamos.

 Provocamos la injusticia que nos golpea, es decir, fuimos injustos con Dios, lo echamos, convirtiendo el alma y el mundo en un infierno, dejando libres a demonios y llegando a ser como estos.

 La injusticia es echar a Dios del alma y del mundo, luego, las injusticias que padecemos son consecuencias, efectos. Si queremos que esto se acabe, que sople viento que limpie y despeje, debemos empezar a orar, a buscar a Dios, a renunciar a nosotros mismos.

Capítulo V: ESA ALMA ES UNA MALDICIÓN (41): POR TRAIDORES A DIOS, LA DESOLACIÓN

 Débiles orgullosos desamorados que lo único que hacen es preocuparse por sí, pusilánimes rastreros que profanan la tierra mientras se pasean ostentando sus vanidades y demandando satisfacción para su voraz ego.

 Las almas se han convertido en abismos, son reales agujeros negros que atraen la desgracia, juntan demonios y se convierten en una abominable y horrenda desolación.

 Débiles orgullosas que se preocupan por sí hasta el hartazgo volviéndose histéricas desamoradas que demandan, suplican, exigen, adoración, atención, aceptación, reconocimiento, poniendo de manifiesto que son y serán la misma desgracia.

 Rechazar a Dios no es sin consecuencias, Dios Es Bueno, pero no elegirlo deja a as almas completamente vacías, se vuelven viejas quejumbrosas, se desinflan por auto-consumirse hasta quedar como pasas de uva agrias.

 Las almas no han querido escuchar entender, comprender, presar siquiera un poco de atención, por ello es que se han convertido en lo que eligieron, miserable, detestables, abominables, peores que demonios.

 En su histeria orgullosa quieren oír alabanzas, quieren creer que Dios las adora, se preocupa por sus vanidades y las felicita al verlas insultantemente inmundas, corruptas y depravadas.

 Dios no las felicita, siente asco, repulsión, abominación, Dios no creó demonios, ni tampoco creó almas para que se pierdan. Es suma incoherencia lo que hacen las almas desde hace siglos, asociarse con satanás, rendirle culto, renegar de Dios, dejarse seducir, prostituirse adorando al cerdo infernal.

 Ya ha sido agotada toda instancia, colmada toda medida, se acabó el tiempo, no hay mas vuelta, se ha hecho todo esfuerzo por renegar de Dios, por echarlo, satanás conquistó la tierra y somete a las almas.

 No lo ha conseguido por él mismo, es un inútil ese cerdo, se lo concedieron quienes lo adoran por un lado, y quienes deberían haberlo combatido y se pasaron a su bando consciente o inconscientemente, pero siempre culposamente por orgullosos ególatras desamorados y traidores a Dios.

ESA ALMA ES UNA MALDICIÓN (58):



DIRECCIÓN DE TODAS LAS ENTRADAS CON EL TÍTULO: “ESA ALMA ES UNA MALDICIÓN”:

Un abismo caminante:

Almas que apestan a demonios:

Una lamentable narcisista:

Una inútil violenta:

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MUCHO MAS ABAJO QUE CUALQUIER OTRA CRIATURA:

Almas de estos tiempos:

Capítulo VI: CREAN LO QUE CREAN, LA VERDAD SIGUE SIENDO VERDAD

 Tal vez siendo golpeados por las consecuencias de lo que hemos provocado al rengar de Dios muchas almas abran los ojos, pero lo mas probable es que los cierren para siempre.

 Esto se debe a la miseria orgullosa y caprichosa de las almas que se desesperan por depravarse, corromperse, estropearse, enterrarse en tinieblas y entregarse a satanás para sumergirse en la muerte eterna.

 Humanamente el desorden provocado no tiene arreglo alguno, humanamente no hay salida o solución, nada puede remediar la ausencia de Dios.

 Estamos postrados como en el principio, como luego del pecado de Adán y Eva, prisioneros de la muerte eterna y esclavos de satanás, sin embargo, la mayoría de las almas sigue desesperándose por satisfacer vicios y conformar su orgullo.

 Solo una intervención Divina inmerecida, tanto como un milagro, puede sacar a la humanidad del abismo, evitar que las almas continúen perdiéndose irremediablemente.

 Considerar que no importa lo que queramos creer, nuestras fantasías y caprichos no cambian la Verdad, la Verdad continúa Siendo Verdad y no se muda mas que en la mente de los dementes orgullos y caprichosos que así es como quedan enterrados en sus fantasías.

 No mutando la Verdad, creyendo las almas cualquier cosa y obrando como se les atoja, o como los demonios las hacen comportarse, lo único que hacen son esfuerzos por corromperse, perderse, arruinarse.

 Que las almas sigan mintiéndose, engañándose, creyendo lo que se les ocurra, lo que el adversario mismo les haga creer, que sigan esforzándose por perderse, tal vez, al probar la amargura de la desolación comprenderán lo que están haciendo.

 Pero el problema es que ni aun probando la amargura de las consecuencias de lo que hacen se arrepienten, al contrario, mas reniegan de Dios, mas prescinden de Él, o peor, mas lo culpan por lo que padecen no queriendo reconocer en su orgullo abominable que se lo están provocando.

Capítulo VII: NO CREEN NI POR CASUALIDAD

 Ya han perdido las almas el contacto con la realidad, se han internado en sí, se han postrado en tinieblas entregándose a la abominable desolación de la ausencia y el olvido de Dios, de la horrenda negación de Él.

 Cuesta aceptarlo, pero no saben ni lo que hacen, están totalmente perdidas, verdaderamente extraviadas. Como cuando lo Crucificaron, El Señor dice “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, pero no es patente de corso, no es licencia para matar, se equivocan las almas que se valen de las palabras de Dios para insultar a Dios, burlarse de Él y comportarse como demonios.

 Saben bien lo que hacen en el sentido de que entienden perfectamente que están obrando mal, perversamente, saben que están matando a Dios en su corazón, es decir, que están anulando la Presencia Viva de Dios en su alma. Estos conocimientos no permite que se finjan inocentes o se amparen en las palabras del Señor.

 Podrán querer creer lo que se les ocurra o lo que los demonios les sugieran, pero la verdad es que son plenamente conscientes de sus actos, de la gravedad y de las consecuencia.

 El problema es que no les interesa, no les importa, tan depravadas han llegado a ser las almas en esos tiempos que asquerosa y repugnantemente se burlan de Dios, lo insultan, le escupen en la cara, lo desafían y se sienten falsamente fuertes de la mano de satanás.

 No saben que satanás después les va a soltar la mano y así como los usó los descarta, se da vuelta, los acusa y se les vuelve en contra.

 Ahí El Señor no los acusa, es satanás el que los acusa en su consciencia que de repente despierta en el último instante.

 Ahí es donde El Señor intercede por la Salvación de la salmas, pero, no sin dejar de reconocer la Verdad. Ahí la Misericordia Divina se manifiesta o Revela dando al alma la posibilidad de reconocer su maldad, admitir sus pecados, comprender sus vicios.

 Si las almas desean continuar con sus malos caminos, que lo hagan, son libres, Dios no las va a obligar a salvarse, sí les advierte, les da las gracias necesarias para que salgan del camino de perdición, pero son ellas mismas las que deben desear salir, ser libres, convertirse, volver a la vida, a la comunión con Dios.

 Son cobardes, desamoradas y sin fe, entonces, en ese momento, en vez de hacer un esfuerzo y entregarse a Dios, pedir perdón, convertirse, niegan, ocultan y disimulan sus inmundicias, o peor, se burlan de Dios.

 También hay muchos que insisten en la misericordia de Dios no creyendo en ella, estando sumergidos en sí y enterrados en tinieblas, viendo el abismo desolador de su ser miserable y desamorado, el mismo que les causa espanto y por el que después quieren insistir hasta el hartazgo en la misericordia en la que no creen ni por casualidad.


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