27 de julio de 2014

4402.- NO ES CASTIGO DE DIOS



4402.- NO ES CASTIGO DE DIOS

 El castigo de Dios, su venganza, no consiste en destruir, aplastar, destrozar o hacer padecer a quienes reniegan de Su Voluntad, Él no es como nosotros, Él Es Dios.

 El castigo Divino consiste en que el alma que lo rechaza queda sin Él y a merced de los caprichos de todos los enemigos espirituales, lo que ocurra después, es solo la consecuencia de lo que se ha elegido.

 Dios no castiga aplastando, destrozando, humillando, haciendo padecer, se retira del alma o del conjunto de éstas que lo han rechazado y quedan por su cuenta, libradas a su suerte y a merced de los enemigos que desean destrozarlas.

 Parece cosa sin importancia para las almas orgullosas y desamoradas quedarse sin Dios, quieren creer que no es algo que resista gravedad el quedar desoladas, volverse desamoradas, orgullosas y vacías de vida, privadas de Dios por elección propia.

 No están considerando que se asemejan a serpientes, que pasan a llevar sobre la faz de la tierra una existencia propia de demonios y que se van deformando hasta resbalarse al abismo eterno de donde no podrán salir.

 Orgullosa y caprichosamente quieren cerrarse y negarse a Dios, dejar de amar, dedicarse a sus ambiciones, caprichos, delirios, entonces, se convierten en abismos de tinieblas, montañas de inmundicias, fuentes de corrupción y depravación.

 De ese vacío abismal que se produce en el alma por la ausencia de Dios surgen los tormentos, padecimientos, tanto en el espíritu, como en el alma y en el cuerpo.

 Esa es la razón por la que las almas orgullosas, rebeldes y desamoradas, aunque consigan lo que quieren, no obtienen lo que buscan y terminan por autodestruirse en el mundo condenándose a padecer por toda la eternidad.

 No quieren entender que padecen por la ausencia de Dios que se han provocado al renegar de Él, al oponerse a Su Voluntad y al elegirse caprichosa, orgullosa, miserable y egoístamente a sí negándose rotundamente a amar y a limitar su orgullo, caprichos y ambiciones.

 Tenemos la oportunidad de amar, de renunciar a nosotros mismos, de limitar el orgullo, de dejar de ser fieles a nosotros, de no obsesionarnos con ganar, prevalecer e imponernos, pero no queremos, elegimos todo lo contrario, y esa oportunidad se acaba, ahoga, sofoca, termina.

 Ahí es donde quedamos definitivamente sumidos en tinieblas y bajo los encantamientos, seducciones, engaños y caprichos del adversario. Ahí es donde terminamos encerrados en nuestro abismo de miserias y encaminados al abismo eterno, entonces, si padecemos no es culpa de Dios ni castigo suyo, sino de la propia mezquindad, de no haber querido amar.

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