14 de diciembre de 2014

EMPEZAR A BUSCAR AL ESPÍRITU SANTO (IV)



EMPEZAR A BUSCAR AL ESPÍRITU SANTO (IV)


Enciende una Luz en nuestros sentidos, infunde Amor en los corazones, Fortalécenos en nuestra debilidad con tu Virtud Permanente.


 Como esta escrito en el Apocalipsis, El Señor abre una puerta delante de nosotros, esta puerta es la Revelación, la intervención, su Paso o Venida.

 Esto es una herida, no es nada mágico o misterioso, es algo doloroso, humillante, un verdadero tormento, una dificultad.

 Es lo que aniquila el orgullo, nos destruye esos delirios, fantasías y evasiones donde solemos escondernos de la realidad.

 La realidad es simple, Él Es Dios, no nosotros ni otros. Mientras negamos esta simple, básica y esencial Verdad, estamos evadidos de la realidad, encerrados y perdidos en un delirio perdidos en una fantasía infernal.

 Si no vivimos conforme a la Verdad, nos hallamos evadidos en una fantasía en al que somos esclavos de la mentira, y como la mentira es la palabra-espíritu-presencia-don de satanás, somos esclavos suyos.

 Comprender la importancia y necesidad de buscar la Verdad, la Revelación de Dios, la Palabra del Señor, o al Señor mismo por medio de su Revelación permanente, perpetua, constante.

 Él no deja nunca de darse, no deja de enviar al Hijo con el Don del Espíritu, somos nosotros los que nos hundimos-encerramos y no lo vemos ni lo escuchamos.

 Nos hundimos en el abismo de egolatría nos encerramos en caprichos, nos dedicamos a satisfacer vicios y ambiciones, de manera que terminamos perdiéndonos en tinieblas.

 Eso lo potencian los demonios avivando miedos, preocupaciones, etc., porque de esta manera logran que corramos a perdernos y hagamos lo que ellos quieren.

 Lo que hace El Señor es poner una piedra de tropiezo, permitir una dificultad, o simplemente dejar que choquemos contra la realidad o que conozcamos nuestras limitaciones.

 En todas esas opciones el orgullo es derrotado, limitado, humillado, destrozado, aniquilado. Ahí esta dándonos la oportunidad para que renunciemos a ese orgullo, para que dejemos de mentirnos-engañarnos y para que busquemos la Verdad, Su Revelación, esa palabra suya que hace Luz en las tinieblas, que nos libera, acaba de purificarnos.

 Hay personas que padeciendo la derrota de su orgullo no lo sueltan, por ello es que acaban de autodestruirse, se consumen defendiéndolo y peleando contra Dios y contra todos dejando expuesto su real ser miserable, infernal y logrando la confirmación de su condenación en esta vida, o sea alcanzan la pre-condenación.

 Esto significa que no han partido del mundo y ya se hallan irremediablemente condenadas, irreversiblemente perdidas, insalvablemente sumergidas en el infierno a merced de las tinieblas y de los que ahí abajo habitan.

 En definitiva, enciende una Luz purificadora en nuestros sentidos purificándonos en cuerpo, alma y espíritu, liberándonos del orgullo que es la muerte eterna y de todos los vicios que afectan los sentidos corporales y espirituales.

 Infunde Amor en nuestros corazones porque nos da su Esencia-Ser mismo, nos nutre, nos da Su Vida, nos llena, y es eso mismo lo que va obrando la purificación.

 Es simple, estamos sucios, vacíos de Dios y llenos de inmundicias, Él comienza verter su Virtud-Vida, así hace salir desde el fondo de nuestro ser las inmundicias purificándonos, lavándonos, desbordándonos hasta quedar limpios por dentro y por fuera.

 Comienza por dentro, como la jarra sucia que es llenada y con eso limpiada y luego es limpiada con lo que se desborda de agua, pero es necesario que corra mucho agua, sobreabundantemente.

 El proceso purificador es muy largo, penoso, doloroso, dijo El Señor que El Camino es angosto y de puerta estrecha, y también dijo que solo los esforzados entran el Reino.

 Nos Fortalece en nuestra indigencia, miseria, aquello que somos verdaderamente, pero para esto es necesario ver, conocer, reconocer esa debilidad, comprender que somos esa inmunda y miserable debilidad.

 Una vez que lo vemos, debemos aceptarlo, reconocerlo, no negarlo, tampoco odiarnos al vernos tan miserables, perdonarnos y buscarlo humildemente, no como ególatras desesperados por ser llenados ni como vanidosos que desean adoración, sino con filial reverencia.

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