14 de julio de 2015

DEJAR LO QUE QUEREMOS Y HACER LO QUE DEBEMOS



DEJAR LO QUE QUEREMOS Y HACER LO QUE DEBEMOS


 No queremos obedecer a Dios, no estamos dispuestos a seguirlo, somos unos ególatras narcisistas infernales completamente dispuestos a satisfacernos, empecinada, terca y testarudamente decididos a saciar el ego abismal que hemos generado.

 No salimos de los límites miserables de nuestro ser desamorado, orgulloso, vicioso, corrupto y abominable, deliramos de orgullo y perdemos la noción misma de la realidad.

 En la oscuridad del olvido de Dios, de la abominable negación de Él, nos dedicamos miserablemente a satisfacernos, nos convertimos en nuestro propio dios porque no vemos mas nada ni a nadie.

 Nos adoramos a nosotros mismos entrando en el camino de la eterna perdición, participando en el delirio mismo de satanás, ahí es donde el enemigo se perdió, cuando se consideró a sí mismo dios renegando e Dios, olvidándose de la Verdad y comenzando a llamar ‘verdad’ a su deseo excitado, desesperado, alterado, caprichoso, descontrolado.

 Disponemos de nuestra vida como se nos viene en ganas y por ello decimos que somos libres, la verdad es que ahí somos esclavos, esclavos de la abominable podredumbre infernal que fermenta en la ausencia de Dios que provocamos.

 La podredumbre se genera al separarnos de Dios, al escindirnos de Él, al dejar de recibir su Espíritu-Vida, y al quedar expuestos a todos los enemigos infernales que aprovechan para devorarnos.

 No crecemos, no maduramos, no evolucionamos, no salimos del abismo de egolatría narcisista infernal, usamos el tiempo para corrompernos, deformarnos, autodestruirnos.

 Somos como nenes celosos de sí, tenemos que empezar a hacer un esfuerzo para dejar de ser ególatras y para comenzar a ser obedientes a Dios, Nuestro Padre, Señor, Creador, Salvador, Santificador, etc.

 El nene inmaduro no sale de sí, pierde la consciencia de su entorno, solo es consciente de su ego y se desespera por verlo satisfecho. Este nene madura cuando deja de pensar en sí, cuando se dedica a prestar atención y a discernir sus responsabilidades, cuando las asume y se empeña en cumplirlas.

 Ese paso, esa conversión es la que tenemos que hacer delante de Dios, salir del abismo de egolatría, dejar de mirar y de pensar en aquello que queremos para pasar a dedicarnos a lo que debemos.

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