10 de julio de 2015

EN UN LABERINTO



EN UN LABERINTO


 Seguimos alimentando, sosteniendo y defendiendo esas tinieblas orgullosas delirantes que nos privan de Dios y apartan de Él.

 Somos responsables por lo que hacemos, y consecuentemente, de lo que tenemos o padecemos.

 Por mas que nos quejemos, lamentemos y reneguemos buscando a quienes acusar o responsabilizar, la verdad es que tenemos lo que hemos provocado, elegido, construido, buscado.

 Somos nosotros quienes hemos renegado de Dios, prescindido de Él, los que nos apartamos de su voluntad dedicándonos miserablemente a satisfacer el abismo del ego.

 Nosotros hemos elegido construir un orgullo delirante y pasearnos sobre la faz de la tierra como luciendo una corona demandando admiración, adoración, llamando la atención, cuando la realidad es que eso no es corona sino una cornamenta orgullosa infernal que desafía a Dios.

 Ni siquiera es algo que vaya hacia arriba, ese delirio es hacia abajo, hacia el ombligo, crece o fermenta en la egolatría. Para colmo de males, por el ombligo se va al fondo del abismo, ni siquiera son ramas de árbol que crezcan hacia el cielo, son raíces que crecen hacia el infierno.

 Nos apegamos a nosotros mismos, y por la nada inútil  miserable que somos nos vamos al abismo apegándonos al fondo del infierno, por lo que acabamos sometidos a demonios, liados a aquellos que desean postrarnos y perdernos en la muerte eterna.

 Tanto nos hemos encaprichado por hacer lo que queríamos que acabamos deformándonos, estropeándonos y asemejándonos a demonios.

 Solos construimos el sepulcro, solos hicimos de nuestra vida un infierno, un laberinto sin salida.

 En esa obsesión por hacer siempre lo que queremos y no reconocer límites, terminamos construyendo un laberinto en el que nos enloquecemos porque todo cuanto hacemos tiene consecuencias y como siempre hicimos lo que es malo, comenzaremos a cosechar la siembra, recibiremos lo que hemos dado, o sea, caprichos, rebeldías, miseria, etc.

 Al hacer siempre lo que queremos sin escuchar el consejo de Dios, sin obedecerlo, terminamos perjudicándonos, nos hemos metido en callejones sin salida que terminarán volviéndose un laberinto en el que colapsaremos.

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